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VAN y TIR: evaluar inversiones con datos, paso a paso
Economia

VAN y TIR: evaluar inversiones con datos, paso a paso

João Barros 05/07/2026 9 min

Pocas decisiones empresariales son tan importantes —y tan mal fundamentadas— como la de invertir. Comprar una máquina nueva, abrir una tienda, desarrollar un producto, migrar a la nube: todas implican gastar dinero hoy con la esperanza de recibir más mañana. La pregunta difícil es siempre la misma: ¿vale la pena?

La respuesta más común es fijarse en el retorno simple: cuánto entra dividido por lo que salió. Es rápido, pero tiene un defecto grave: ignora cuándo entra el dinero. Y el momento marca toda la diferencia. Aquí es donde entran dos herramientas que cualquier gestor debería saber leer, aun sin ser economista: el VAN (Valor Actual Neto) y la TIR (Tasa Interna de Retorno).

Este artículo explica qué son, cómo se interpretan y dónde engaña cada una, con un ejemplo numérico sencillo que muestra por qué confiar solo en la intuición —o solo en una de ellas— puede llevar a la decisión equivocada.

Por qué 100 euros hoy valen más que 100 euros dentro de un año

Empecemos por la idea que sostiene todo lo demás: el valor temporal del dinero. Cien euros en la mano hoy valen más que la promesa de cien euros dentro de un año, y no es por la inflación, aunque también cuente. Es porque cien euros hoy pueden invertirse y rendir, pueden pagar una deuda que acumula intereses, o simplemente están garantizados, mientras que la promesa futura carga con riesgo y espera.

VAN y TIR: evaluar inversiones con datos, paso a paso

Por eso, comparar dinero que entra en momentos distintos exige traerlo todo al mismo punto en el tiempo, normalmente a hoy. A ese proceso se le llama actualizar (o descontar) los flujos. Un euro recibido dentro de tres años se descuenta para saber cuánto vale hoy. Ignorar este paso es comparar magnitudes que no son comparables.

La tasa de descuento: el precio de la espera y del riesgo

Para descontar flujos futuros hace falta una tasa de descuento. Representa la rentabilidad mínima que exiges para posponer el consumo y correr el riesgo de la inversión. Puede ser el coste del capital de la empresa, la rentabilidad de una alternativa segura, o una tasa que incorpore el riesgo específico del proyecto: cuanto más incierto sea el retorno, más alta debe ser.

La elección de la tasa no es un detalle técnico: es la variable que más influye en el resultado. Una tasa baja favorece los proyectos con retornos lejanos; una tasa alta los penaliza. Por eso, más que acertar con un número mágico, importa entender cuánto cambia la decisión cuando cambia la tasa; volveremos a ello en el análisis de sensibilidad.

VAN: el valor que una inversión crea (o destruye)

El Valor Actual Neto responde a una pregunta directa: sumando todos los flujos futuros ya descontados a hoy y restando la inversión inicial, ¿cuánto valor queda? En fórmula sencilla:

VAN = suma de los flujos futuros descontados − inversión inicial

La regla de decisión es igual de directa:

  • VAN positivo: el proyecto crea valor, rinde más que la tasa exigida. En principio, adelante.
  • VAN negativo: el proyecto destruye valor, ni siquiera cubre el coste del capital. En principio, rechazar.
  • VAN igual a cero: rinde exactamente la tasa exigida, ni más ni menos.

La gran ventaja del VAN es que está expresado en euros. Te dice, en dinero de hoy, cuánto añade el proyecto al valor de la empresa. Es la medida que los manuales de finanzas recomiendan cuando hay que elegir entre proyectos.

TIR: la rentabilidad que ofrece el proyecto

La Tasa Interna de Retorno aborda el mismo problema desde otro ángulo. En lugar de fijar una tasa y calcular el valor, hace la pregunta inversa: ¿qué tasa de descuento hace que el VAN sea exactamente cero? Esa tasa es la TIR, una especie de rentabilidad anual implícita del proyecto.

La regla de decisión compara la TIR con la tasa exigida: si la TIR es mayor que la tasa de descuento, el proyecto rinde por encima del mínimo y vale la pena; si es menor, no. La TIR es popular porque se expresa en porcentaje, un lenguaje que todo el mundo entiende y que permite comparar rápidamente con otras inversiones. "Este proyecto rinde un 16% al año" es una frase que se entiende de inmediato.

El problema es que esa sencillez esconde trampas, y la próxima sección muestra la más importante.

Cuando el VAN y la TIR no coinciden

En la mayoría de los casos, VAN y TIR apuntan en la misma dirección: un proyecto con VAN positivo tiene una TIR por encima de la tasa exigida. Pero cuando hay que elegir entre proyectos, las dos medidas pueden ordenarlos de forma distinta, y ahí es donde mucha gente decide mal.

Esto ocurre porque la TIR es un porcentaje e ignora la escala y la distribución en el tiempo de los flujos. Un proyecto pequeño que paga rápido puede tener una TIR altísima y, aun así, crear menos valor total que un proyecto que rinde más tarde pero en mayor cantidad. Un porcentaje alto no es lo mismo que mucho dinero.

La regla práctica cuando ambas no coinciden y los proyectos son mutuamente excluyentes: sigue el VAN. Es el VAN el que mide el valor creado en euros, que es, al final, lo que importa a los accionistas. La TIR es un buen complemento, no el árbitro final.

Payback: útil, pero traicionero

Hay un tercer indicador que aparece siempre en estas conversaciones: el periodo de recuperación (payback), es decir, cuánto tarda el proyecto en devolver la inversión inicial. Es intuitivo y útil como medida de riesgo y de liquidez: cuanto más rápido recuperas, menos expuesto quedas.

Pero tiene dos fallos serios. Primero, en su versión simple, ignora el valor temporal del dinero (hay una versión descontada que lo corrige). Segundo, y más grave, ignora todo lo que ocurre después de recuperar la inversión. Un proyecto que recupera despacio pero sigue generando dinero durante muchos años puede ser mucho mejor que otro que recupera rápido y luego se seca. Usa el payback para evaluar el riesgo, nunca como criterio único de decisión.

Análisis de sensibilidad: ¿y si cambia la tasa?

Como el resultado depende tanto de la tasa de descuento y de las previsiones de flujos, una decisión robusta no se queda en un único escenario. Vale la pena recalcular el VAN con tasas distintas y con flujos más pesimistas, y preguntar: ¿se mantiene la decisión?

Si el proyecto sigue teniendo VAN positivo incluso con una tasa más exigente e ingresos más bajos, la decisión es sólida. Si basta una pequeña subida de la tasa para que el VAN se vuelva negativo, el proyecto es frágil, y esa fragilidad hay que conocerla antes de firmar, no después. El análisis de sensibilidad no da certezas, pero muestra dónde están los límites.

Errores comunes que conviene evitar

  • Comparar retornos sin descontar: sumar flujos de años distintos como si valieran lo mismo es el error más frecuente y el que más engaña.
  • Elegir por la TIR más alta: entre proyectos mutuamente excluyentes, el mayor porcentaje no siempre crea más valor.
  • Olvidar el coste de oportunidad: el dinero invertido en un proyecto deja de estar disponible para otro; la tasa de descuento debe reflejarlo.
  • Optimismo en las previsiones: unos flujos futuros inflados hacen que cualquier proyecto parezca bueno sobre el papel. Prueba escenarios conservadores.
  • Ignorar valores residuales y costes de fin de vida: un equipo puede tener valor de reventa —o costes de desmantelamiento— que pesan en la cuenta.

Mini-caso: dos proyectos, un presupuesto

Una empresa industrial tiene 50.000 € para invertir y dos proyectos sobre la mesa, ambos con el mismo coste inicial. La tasa de descuento que usa es del 10%. Los flujos previstos a lo largo de tres años difieren en su forma:

  • Proyecto A (paga pronto): 35.000 €, 20.000 € y 8.000 €.
  • Proyecto B (paga tarde): 6.000 €, 14.000 € y 52.000 €.

Descontando los flujos al 10%, el Proyecto A tiene un VAN de unos 4.360 € y una TIR de aproximadamente 16,2%. El Proyecto B tiene un VAN de unos 6.090 € y una TIR de aproximadamente 15,0%. Ambos crean valor (VAN positivo, TIR por encima del 10%), pero se ordenan de forma distinta según el criterio.

Por la TIR, elegiríamos A: rinde más en porcentaje. Por el VAN, elegiríamos B: crea más valor en euros. Como solo hay presupuesto para uno y son mutuamente excluyentes, la decisión correcta sigue el VAN: el Proyecto B añade unos 1.700 € más de valor a la empresa, a pesar de "rendir menos por ciento". Fue exactamente aquí donde la intuición, anclada en el porcentaje, habría apuntado al peor proyecto.

En la práctica

El VAN y la TIR no sustituyen al juicio, pero le dan una base sólida. El VAN dice cuánto valor crea una inversión en euros de hoy; la TIR traduce ese retorno en un porcentaje fácil de comunicar. Usados en conjunto —y matizados con el payback para el riesgo y con el análisis de sensibilidad para la incertidumbre— convierten una decisión de intuición en una decisión fundamentada.

La próxima vez que se presente un proyecto con un retorno atractivo, vale la pena hacer tres preguntas sencillas: ¿están descontados los flujos?, ¿cuál es el VAN?, ¿y aguanta la decisión si sube la tasa o los ingresos quedan por debajo de lo previsto? Quien sepa responderlas está decidiendo con datos, y no con el optimismo de una hoja de cálculo.

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